Durante décadas, “Lolita” ha quedado asociada en la cultura popular con la imagen de una adolescente seductora que provoca el deseo de un hombre mayor. Sin embargo, esa interpretación se aleja de un elemento fundamental de la novela de Vladimir Nabokov: Lolita no es una mujer fatal ni una joven que controla la relación. Es Dolores Haze, una niña de 12 años sometida por un adulto que además es quien tiene el poder de contar su historia.
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Publicada originalmente en 1955, la novela está narrada por Humbert Humbert, un hombre adulto obsesionado sexualmente con niñas. Después de conocer a Dolores, se introduce en su familia y termina ejerciendo control sobre ella. La historia incluye abuso sexual, manipulación, dependencia y desplazamientos por Estados Unidos en los que la menor permanece bajo su dominio.
Ahí está una de las claves para comprender la obra: prácticamente todo llega al lector a través de Humbert.
Es un narrador poco fiable. Culto, ingenioso y dueño de un lenguaje extraordinariamente elaborado, intenta transformar sus actos en una historia de pasión. Embellece, justifica y manipula el relato. Nabokov coloca así al lector en una posición incómoda: escuchar durante cientos de páginas la versión del agresor y aprender a mirar detrás de sus palabras. Estudios y ensayos sobre la novela han destacado precisamente esa doble operación, en la que la belleza del lenguaje de Humbert convive con evidencias del daño que está causando.
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Dolores casi nunca dispone del mismo espacio para contar lo que vive. Sabemos de ella principalmente a través del hombre que la rebautiza como “Lolita” y la convierte en el personaje de su propia fantasía.
Y esa diferencia importa.
Detrás de la descripción que Humbert hace de una supuesta niña provocadora aparecen momentos que permiten reconstruir otra historia: la de una menor dependiente de un adulto, sin condiciones equivalentes para decidir y cuya infancia queda subordinada a los deseos de él. Véra Nabokov, esposa del escritor, lamentó precisamente que muchos lectores no prestaran suficiente atención a la vulnerabilidad, dependencia y valentía de la niña.
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La transformación cultural posterior profundizó la confusión. Adaptaciones, imágenes promocionales y referencias populares ayudaron a convertir “Lolita” en sinónimo de una menor sexualmente provocativa. La investigadora Sarah Weinman ha cuestionado esa lectura: recuerda que Dolores era una niña de 12 años y sostiene que buena parte de su tragedia está precisamente en las decisiones que otros toman sobre su vida.
Por eso leer hoy “Lolita” únicamente como un romance polémico pierde buena parte de lo que ocurre dentro de sus páginas.
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La novela también habla del poder del lenguaje para modificar nuestra percepción de los hechos: Humbert quiere controlar a Dolores, pero también quiere controlar al lector. Su herramienta para conseguirlo es contar la historia de una manera suficientemente hermosa como para intentar que olvidemos qué hay detrás de las palabras.
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Más de siete décadas después de su publicación, quizá ahí permanezca una de las partes más perturbadoras de “Lolita”: no solamente lo que Humbert le hace a Dolores Haze, sino comprobar hasta qué punto un narrador hábil puede intentar convertir el abuso en amor y a una víctima en responsable de aquello que le hicieron.