La Verdad de Oaxaca Lunes 24 de agosto de 2026 | 04:14 pm
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Cuando caminar Oaxaca era parte de la vida

24/08/2026 Por Redacción
Por Jorge Villacaña / COLUMNA / El Oaxaca que merecemos

Hace unos días escribí sobre el Oaxaca de mi infancia y me sorprendió la cantidad de personas que, al leerlo, comenzaron a contarme sus propios recuerdos. Cada quien tenía el suyo, una calle, un jardín, una escuela, una cancha, una tienda o un grupo de amigos. Me quedó claro que no extrañábamos exactamente lo mismo, pero sí la misma manera de vivir Oaxaca.

Yo crecí en El Marquesado y buena parte de mi infancia la pasé caminando. Caminábamos a la escuela para visitar a los amigos, para jugar o simplemente porque, a esa edad, uno podía atravesar media ciudad sin pensar demasiado en ello. Estudié en escuelas públicas, la primaria en la escuela Héroe de Nacozari, quien fue un héroe de los ferrocarrileros; esa escuela la gestionó el sindicato de ferrocarrileros, y la secundaria en la Técnica 14, una escuela de la que guardo enormes recuerdos. Al salir, teníamos que tomar decisiones que en ese momento eran importantes para nosotros, guardar el dinero para el camión o regresar caminando y disfrutar una deliciosa tostada de Cheo o una torta de lalita. Muchas veces ganaba la caminata. Caminar por Oaxaca era conocerla.

Las banquetas no tenían obstáculos, no había puestos ambulantes; servían para caminar y no bajarse al arroyo vehicular para poder transitarlas. Las calles tenían sus líneas pintadas, los semáforos funcionaban y uno podía cruzar siendo un chamaco, sin sentir que estaba librando una batalla contra los automóviles. Los jardines estaban cuidados, había alumbrado público y las fuentes formaban parte del paisaje cotidiano. Seguramente había fallas —la memoria también suele ser generosa con el pasado—, pero al menos así lo recuerdo, era una ciudad en la que se podía vivir.

En mi barrio teníamos un vecino extraordinario, el Ferrocarril. Para quienes crecimos en El Marquesado, la estación no era una fotografía antigua ni un atractivo turístico; tenía vida. Escuchar el tren, ver llegar y salir pasajeros, y saber que desde nuestro barrio, aquellas vías podían llevarte lejos nos hacía sentir que Oaxaca estaba conectada con un mundo mucho más grande. El tren comunicó durante décadas a Oaxaca con Puebla y la Ciudad de México; con los alrededores de los Valles Centrales como Ocotlán o Tlacolula. En la estación había trabajadores, familias, comercios y movimiento. Para un niño, aquello era fascinante.

Pero cada barrio tenía su propia personalidad. Jalatlaco olía a piel porque ahí trabajaban los curtidores y talabarteros; de sus talleres salían zapatos, huaraches, cinturones, bolsas y chamarras. Xochimilco tenía sus tradiciones y sus familias; La Noria, La China, Los Siete Príncipes, La Merced y El Marquesado tenían cada uno sus personajes, sus oficios, sus historias y hasta sus rivalidades. Uno decía de qué barrio era casi como quien decía su apellido. No necesitábamos que alguien nos explicara qué significaba identidad; la aprendíamos siendo de ahí.

También crecimos en los jardines públicos. Ahí nos encontrábamos, jugábamos, hacíamos amigos y aprendíamos a convivir. Estaba el Jardín Morelos o el Jardín Madero para unos, El Llano para otros, las canchas, los atrios y las banquetas de cada barrio. Durante la Cuaresma llegaban los Viernes del Llano y aquello se transformaba: las flores, los estudiantes, las madrinas, las porras y los jóvenes que encontraban cualquier pretexto para darse una vuelta. Éramos chamacos y también íbamos a mirar aquel Oaxaca que celebraba sus tradiciones ocupando sus espacios públicos, no encerrándose en casa.

Por eso, cuando hoy hablamos de infraestructura urbana, quizá estamos reduciendo demasiado la conversación. Pensamos inmediatamente en baches, semáforos, luminarias, banquetas, parques o drenaje, y claro que todo eso importa. Pero la infraestructura significa algo más; es lo que permite que una ciudad se disfrute y se viva.

Una luminaria que funciona no es solamente un foco encendido; es una familia que puede regresar caminando por la noche. Una banqueta en buen estado significa que un adulto mayor puede transitar sin miedo a caerse. Un semáforo sin fallas protege al niño que cruza rumbo a la escuela. Un parque limpio invita a las familias a quedarse. Una calle sin baches permite llegar mejor al trabajo y evita dañar el patrimonio que a muchos les costó años conseguir. Una fuente en servicio, un jardín cuidado o una calle limpia pueden parecer asuntos menores, pero juntos construyen algo que hemos ido perdiendo: orgullo por nuestra ciudad.

Lo preocupante es acostumbrarnos a lo contrario. A esquivar el bache de siempre, caminar por la calle porque la banqueta está destruida, pasar junto a una luminaria apagada, encontrarnos un semáforo que lleva semanas sin funcionar o ver deteriorarse un parque hasta asumir que así son las cosas. No, así no tienen por qué ser.

No escribo esto pensando que todo tiempo pasado fue mejor. Oaxaca ha crecido; cambiaron sus necesidades y hoy enfrentamos problemas que aquella ciudad de nuestra infancia no tenía. Sería absurdo pretender regresar cuarenta o cincuenta años. Lo que sí podemos recuperar es algo que entonces parecía elemental; que las cosas funcionen.

Quienes somos gente de barrio sabemos lo que significa cuidar lo que compartimos. La calle frente a nuestra casa también era nuestra, igual que el jardín, la cancha, la escuela y el atrio. Había un sentido de pertenencia que hacía que nos doliera ver algo destruido. Tal vez necesitamos volver a sentir Oaxaca de esa manera, no como una ciudad que simplemente habitamos, sino como la casa grande que compartimos.

A veces pienso en aquellos regresos caminando desde la escuela hasta El Marquesado. Éramos unos chamacos y seguramente no valorábamos nada de esto. Simplemente caminábamos, platicábamos, atravesábamos calles, comprábamos alguna cosa si alcanzaba el dinero y llegábamos a casa. Lo extraordinario es que no había nada extraordinario en hacerlo. Hoy entiendo que aquello también era calidad de vida.

Quisiera que las nuevas generaciones conocieran un Oaxaca donde pudieran caminarla, disfrutar sus jardines, apropiarse de sus espacios públicos y sentirse orgullosas del barrio en el que crecieron. Que cuando alguien diga “soy de Jalatlaco”, “soy de Xochimilco”, “soy de La Noria”, “soy de La China”, “soy de Los Siete Príncipes” o “soy de El Marquesado”, detrás de esas palabras vuelva a existir un profundo sentimiento de pertenencia.

No necesitamos inventar esa ciudad, ya la tuvimos, la conocimos, la caminamos y crecimos en ella.
Ahora nos corresponde recuperarla; es responsabilidad de todos reponerle su grandeza, porque una ciudad no funciona cuando el gobierno dice que funciona; funciona cuando la gente puede vivirla y disfrutarla, y ese también es el Oaxaca que merecemos.